El poder del silencio y Cabo Francés Viejo


Cabrera, Rep. Dom.- Esa madrugada desperté, armé mi mochila de viajes y me dirigí a la parada de Cabrera, ubicada en las proximidades de la Autopista del Nordeste. El ruido agobiaba mis días y necesitaba escapar y desintoxicarme del Gran Santo Domingo y su bruma.

Debo admitir que hay un placer tan simple y tan satisfactorio como ver la transición del paisaje en carretera y el recorrido por la autopista me lo brindó. Y así fue como me vi registrándome en un hotelito frente a la carretera Cabrera-Río San Juan. He de confesar que en ese momento necesitaba poco: una almohada donde recostar mi cabeza, una buena ducha y un lugar seguro donde dejar mi mochila en esa búsqueda del silencio total.

Mi sorpresa fue mayor cuando me di cuenta de que nunca se está solo y, por ende, no hay esa ausencia de sonidos, y sin embargo, entendí que hay cierta armonía melódica en la ausencia de palabras. Esa noche dormí temprano y madrugué para llegar a Cabo Francés Viejo, un monumento natural frente al imponente océano Atlántico, siendo así, una meseta costera que da paso a playas, arrecifes y a maravillosos acantilados. ¡El paisaje es de película!

Y mientras iba en un minibús, repleto de gente con historias diferentes y alocadas, volví a sentir esa sensación de paz que los paisajes rurales y vírgenes dominicanos nos brindan. Además, me maravillé con las enormes formaciones rocosas de la provincia María Trinidad Sánchez. Tuve la suerte de ser recibido por un pasto recién bautizado por la llovizna mañanera y atiné a quitarme el calzado y que mis pies sintieran la tierra que nuestros antepasados recorrieron. La sensación fue algo liberadora, estuve
siguiendo el sendero hasta que mis ojos se toparon con las ruinas del antiguo faro. La lluvia volvió y me quedé contemplando la majestuosidad del Atlántico y el vuelo de las Mauras.

Me sentí tan afortunado de ser el dueño de más de 1.5 km cuadrados de un paisaje tan encantador, de una belleza excepcional. Este monumento natural es un conjunto de terrazas escalonadas que nos brindan una flora y fauna del bosque muy húmedo Subtropical. A pocos metros se encuentra la íntima playa El Bretón, besada por las olas que bailan y mueren en la arena dorada que
nos recibe. Ya con el alma renovada, dije adiós a mi lugar seguro y volví a recostar mi cabeza en la almohada en una pequeña habitación de un hotel frente a la carretera.

Hacer turismo es montarse en una montaña rusa que ofrece la oportunidad de vivir emociones tan diferentes y conmovedoras.

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